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17 de junio de 2012

El sol en la red (Štefan Uher)

[Slnko v sieti, 1962, Štefan Uher]


Para conectar con esta película basta con ponerse por un instante en la piel de los espectadores de la Checoslovaquia de finales de los 50, e imaginarse la bocanada de aire fresco que debió suponer para ellos. “El sol en la red” es considerada un hito capital en las cinematografías de Europa del Este, y frecuentemente citada como el primer filme de la Nueva Ola checoslovaca, frente a los filmes ideológicos y antifascistas que habían dominado el panorama durante toda la década anterior. Reúne todas las características más reconocibles del cine de la modernidad. Filmada en exteriores y en escenarios reales (un suburbio de Bratislava), con actores no profesionales, realismo y autenticidad sin barreras, personajes que escapan a cualquier prototipo, jóvenes con problemas que hablan su propio argot. Uher abrió para el cine checoslovaco un nuevo terreno, la cotidianidad, que durante el estalinismo no tenía razón alguna de ser, y puso la primera piedra para las generaciones vinientes de jóvenes cineastas.


"El sol en la red" tiene como protagonistas a Fajolo y Bela, dos chicos que tratan de encontrar su lugar, averiguar lo que quieren, lo que aman, quiénes son y quiénes quieren ser. Es una película rabiosamente de juventud, igual que "Los 400 golpes” de Truffaut o “Fruta loca” de Nakahira. El mundo adulto está oculto por un telón: la madre de Fajolo habla siempre con él desde fuera de campo, y la madre de Bela quedó ciega tras un trágico accidente familiar. Curiosamente es la generación anterior (la anciana pareja de la caseta del lago, o el viejo campesino) la que conecta con los jóvenes, se preocupa por ellos, les enseña y les ilumina. "El sol en la red" es un hermoso canto a la libertad y a la iniciación en la madurez, a las dudas y miedos del primer amor, a la vida y a la naturaleza.

 


La fotografía de Stanislav Szomolányi, que colaboró después con Uher en muchas de sus películas, es uno de los elementos que más deslumbra. Encuadres fascinantes y símbolos visuales como un eclipse de sol, el estanque burbujeante o las enrevesadas antenas metálicas del tejado en donde se refugian Fayolo y Bela, pero especialmente los rostros de todos los personajes, un primer plano de los cuales basta para permanecer en nuestra memoria. “El sol en la red”, icono del cine checoslovaco y más concretamente eslovaco, es una estupenda película para ver en verano y así conectar mejor con su maravillosa atmósfera y sus inolvidables imágenes.

Puntuación: 4 / 5






 


12 de junio de 2012

El interrogatorio (Ryszard Bugajski)

 
[Przesłuchanie, 1982, Ryszard Bugajski]

La historia de “El interrogatorio” fuera de la pantalla es apasionante, todo un símbolo de la lucha que obras de toda clase mantuvieron contra diversos regímenes políticos a lo largo del siglo XX. En Polonia, las películas interferidas por la censura reciben el nombre de półkownik, que literalmente significa “coronel” pero que es un juego de palabras con la palabra półka (estantería), y que hace referencia al hecho de que muchas de esas cintas permanecían encerradas en sus cajas de metal en estanterías y almacenes esperando ver la luz alguna vez. “El interrogatorio” fue calificado por mandatarios de la República Popular de Polonia como “el mayor filme anticomunista de la historia del país", y es posible que así sea.



Su estreno oficial se produjo en diciembre de 1989 y en algunas bases de datos es esa la fecha de producción que se le atribuye, pero en realidad fue filmado en 1981. El joven Ryszard Bugajski, que trabajaba en el Studio X de Andrzej Wajda, escribió el guión basado en una historia real y consiguió burlar un primer nivel de censura y rodarlo contrarreloj y con muchas dificultades (tuvo que comprar rollo de película en el extranjero). Muy poco tiempo después y sin la película editada, el gobierno comunista declaró la Ley Marcial en respuesta a las enormes protestas y reivindicaciones democráticas que se habían extendido por el país. Bugajski continuó trabajando clandestinamente y por su cuenta en el montaje del filme, y cuando estuvo terminado comenzó a difundirlo haciendo copias privadas, ayudado por una distribuidora underground. Pero los censores no tardaron en descubrirlo, Bugajski fue expulsado del estudio y temiendo ser arrestado, emigró a Estados Unidos, donde encontró trabajo en la televisión dirigiendo capítulos de “Alfred Hitchcock presenta" o “The Twilight Zone”. No fue hasta la caída del comunismo en 1989 que Bugajski pudo volver a Polonia y que “El interrogatorio” se estrenó comercialmente, siendo presentada en el festival de Cannes la primavera siguiente.



La película es tan terrorífica que resulta difícil creer que efectivamente fuera filmada durante los últimos caóticos y represivos años de dictadura en Polonia. Eso le confiere gran parte de su valor, su valentía y su locura, porque es tan excesiva y delirante que hasta es exagerada. Pero es profundamente impactante y tristemente muy veraz. Protagonizada por la magistral Krystyna Janda, musa de Wajda, narra la historia de Antonina, una mujer que es arrestada durante el período estalinista de principios de los 50 y sometida a un atroz interrogatorio durante meses. Nadie le dice el motivo de su arresto, no tiene derecho a ningún contacto con el exterior, y es brutalmente cuestionada sobre aspectos íntimos de su vida y forzada a firmar confesiones de cosas que no ha hecho.



“El interrogatorio” tiene una dimensión visiblemente kafkiana, ya desde el inicio, en que Antonina es invitada a copas por dos hombres que tras emborracharla la llevan al calabozo. El individuo ciego e impotente de quien abusa un sistema de poder inconmensurable e invisible, contra el que no cabe defensa posible: los miedos y las predicciones del autor checo se hicieron más reales que nunca durante el estalinismo. Pero fílmicamente es un drama carcelario agotador y angustioso que se cruza con los géneros del terror y la ciencia/política-ficción, hay mucho de George Orwell en las celdas y despachos de la fantasmagórica prisión recreada en la película. Una recreación ciertamente escalofriante, sostenida por una fotografía gélida de tonos grises e iluminación hiriente, y muchos planos cortos y primeros planos. Se nota que el rodaje contó con pocos medios, pero están aprovechados al máximo. Hoy tal vez nos pueda parecer que “El interrogatorio” es poco realista, por el absurdo y la crueldad extrema del relato. Nos preguntamos si carceleros así podían existir de verdad, nos resistimos a creer que fueran de carne y hueso. Es una película donde la dimensión humana es llevada a los extremos, desde la inhumanidad de los guardias hasta la resignación de las prisioneras y la resistencia de Antonina. El contexto de los interrogatorios es la paranoia del aparato estatal por encontrar a espías anticomunistas y enemigos del pueblo debajo de cada piedra: ese parece ser el motivo del arresto de Antonina. Vagamente, ella y el espectador van llegando a la conclusión de que se la relaciona con un insurgente, pero en realidad no importa. Nadie está a salvo de la sombra de la conspiración, y los captores no vacilan en usar cualquier táctica necesaria: extorsionan, chantajean, torturan, y hasta escenifican ejecuciones. Hablando con sus compañeras de celda, Antonina se inventa una anécdota para entretenerlas (disparó un tanque contra una letrina), una de ellas la 'delata', y en un interrogatorio posterior, el oficial le muestra pruebas y evidencias (!) de que cometió ese acto. El consejo que le da otra compañera sintetiza lo que sintieron y bajo lo que actuaron los incontables presos políticos que fueron víctimas de los horrores del estado policial: "Confiésalo todo, no importa que sea mentira".


Se calcula que 1,8 millones de polacos fueron asesinados o deportados durante el terror estalinista. “El interrogatorio" de Ryszard Bugajski es una película memorable, una de las mejores y escalofriantes muestras del cine de la Europa del Este oprimida bajo las dictaduras del comunismo.

Puntuación: 4,5 / 5


22 de mayo de 2012

El tema (G. Panfílov)


[Tema, 1979, Gleb Panfílov]

Desde cierta perspectiva, “El tema” parece ser uno más de los dramas característicos de la Unión Soviética de los setenta: películas de temática social, con amargados protagonistas de clase media y urbana que sobreviven en la pesadumbre de un país cuyo régimen ya empieza a ver su ocaso. Gleb Panfílov, su director, también despide la grisura que caracteriza al cine de esa época. Proveniente de la televisión y del estudio Lenfilm (o sea, el que nunca hacía grandes películas, que eran para Mosfilm), escribió y dirigió una decena de películas que fueron de más a menos, hasta terminar con adaptaciones de Gorki y telefilmes baratos. A simple vista, ni “El tema” ni Panfílov poseen gran energía ni inspiración artística.

Pero si uno se limpia las legañas puede descubrir que en realidad “El tema” rompe algunos moldes. Y lo hace desde dentro, es decir, desde la propia estructura de ese género. El protagonista, Kim Yesenin, es el arquetípico personaje de los filmes rusos setenteros, un famoso escritor moscovita en decadencia, divorciado, envejecido, quejica y aburrido de su existencia. Junto con otro colega y una estudiante – posiblemente amante suya – viaja a Vladímir, cuna histórica de la civilización rusa, en busca de un tema para su próxima obra. Allí conoce a Sasha, una joven que trabaja como guía turística en el monasterio y que también escribe poesía. Mientras que todos alaban el talento y la grandeza de Kim, Sasha es la única que abiertamente le dice la verdad: es un fracasado, un charlatán que nunca ha sido un buen escritor. Kim era consciente de ese hecho, evidentemente, pero a través de Sasha se enfrenta directamente a él. La franqueza de la joven, su frescura y juventud, pero especialmente su inteligencia, su capacidad de juicio de la realidad y de la vida, hacen renacer a Kim, que naturalmente se enamora de ella.

Y aquí es donde Panfílov enfoca su película con mucho acierto, y sutileza, también hay que decirlo, por lo que puede pasar desapercibida. En primer lugar, "El tema" es una bofetada al oficialismo que infectó durante décadas la literatura rusa. La censura del gobierno y del partido derivó en la segunda mitad del siglo XX en una fortísima campaña de acoso, amenazas, difamaciones, chantajes y condenas a los escritores soviéticos. Ello dio lugar a fenómenos como el exilio de autores o la publicación clandestina de obras, pero también a la prostitución de muchos que se supeditaron obedientemente al régimen, acatando su interminable lista de temas prohibidos y escribiendo, en consecuencia, libros vacíos e insulsos en el mejor de los casos. Kim Yesenin (que irónicamente comparte apellido con el poeta revolucionario Serguéi Yesenin) es una caricatura de estos escritores, pero también una muestra de la sociedad rusa (y sobre todo de la clase intelectual) más conformista e inmovilista.  En el lado opuesto está Sasha, que sabe desmarcarse de la propaganda y la pseudo cultura, cuyos intereses artísticos son profundos y verdaderos y lo más importante, que se atreve a oponerse a todo ello. También está Andrei, el novio de Sasha, un disidente que pretende escapar de la URSS, porque según dice él mismo, se asfixia en un país donde todo es mentira. Hacia el final de la película tiene lugar una amarga y triste disputa entre Andrei y Sasha: él quiere irse, ella que se quede. Kim escucha la conversación a escondidas, avergonzado testigo de la ruptura de una pareja con metas y sueños diferentes pero claros, puros, suyos y propios. Testigo de la emergencia de unas jóvenes generaciones listas para romper con el pasado.

“El tema” fue censurada y no vio la luz hasta la perestroika, concretamente hasta 1986: esto confirma que tocó fibras sensibles en la Unión Soviética. El año siguiente recibió el Oso de Oro en el festival de Berlín. Ciertamente, su  esqueleto es el mismo que el de tantos otros filmes de poca solera, pero Gleb Panfílov consigue situar esta película unos cuantos escalones por encima. Unas grandes actuaciones (soberbia Inna Chúrikova, musa y esposa de Panfílov), diálogos irónicos y punzantes que le confieren un humor triste y mordaz, y especialmente la sinceridad, veracidad y cierta valentía de su mensaje hacen de “El tema” una muy buena película de los últimos años soviéticos.

Puntuación: 4 / 5







27 de abril de 2012

Happy people (Dmitri Vasyukov & Werner Herzog)


[Happy people: A year in the taiga, 2010, Dmitri Vasyukov & Werner Herzog]

Había comenzado esta entrada hablando de lo insaciable e incansable que es Werner Herzog, de cómo sus películas documentales (no las he contado, pero diría que más numerosas que sus películas de ficción) reflejan que tras ellas hay un gran aventurero, enamorado del mundo, la naturaleza y la vida y deseoso de viajar a todos los rincones del planeta para mostrárnoslos en la pantalla. Pero tras indagar un poco, me tengo que morder la lengua en lo que a “Happy people” se refiere.



Que conste que me encanta Herzog, sin duda alguna un fabuloso documentalista al que es imposible quitarle mérito alguno. Se ha desplazado y adentrado en territorios inexplorados a cada cual más pintoresco, desde la selva de Guyana hasta la Antártida pasando por las cuevas rupestres de Chauvet en Francia, retratando sus viajes en películas de gran tranquilidad y belleza. Pero al césar lo que es del césar: Werner Herzog no ha pisado la taiga siberiana ni ha dirigido realmente “Happy people”.

Dmitri Vasyukov (1958) trabajó muchos años como asistente de dirección en los estudios Mosfilm y se pasó al mundo de la publicidad en los años 90. Hacia 2003, un amigo suyo le propuso hacer un documental sobre un pueblo de la taiga, la gigantesca masa boscosa que se extiende por toda Siberia. Concretamente, Bakhta, una localidad de 300 habitantes a la orilla del río Yeniséi, en el puro centro de Rusia. La filmación duró un año entero y el producto final (2008) fue una película de casi cuatro horas, que fue estructurada en forma de miniserie con cuatro episodios: primavera, verano, otoño e invierno. El título, “Schastlivye lyudi” (Gente feliz), hace referencia a un modo de vida casi prehistórico, completamente alejado del modelo occidental. Sin embargo, ningún distribuidor pareció interesarse por ella hasta que Werner Herzog le echó un ojo y quedó encantado. Telefoneó entonces a Vasyukov y le sugirió “producirle” una versión internacional que iría co-firmada por él. Con el título “Happy people: a year in the taiga”, la película fue reducida a una versión de 94 minutos, aunque conservando la separación según las cuatro estaciones. La banda sonora musical fue sustituida por una nueva, todas las voces de los personajes dobladas al inglés, y el narrador, Vasyukov en la versión original, es el propio Herzog (como es habitual en otros documentales suyos). El resultado es una película que indudablemente tiene la impronta de Herzog, que supervisó todo el nuevo montaje, y que ciertamente es más visible y tiene un tempo mucho más adecuado que la versión de 220 minutos. 


Bien, aclaradas las cuestiones burocráticas, “Happy people” es una hermosa película, cautivadora y elegante. Aunque se centra en el pueblo de Bakhta, más concretamente los protagonistas son los cazadores, a quienes va dedicado el título. La cámara los sigue esencialmente a ellos, cómo durante la primavera y el verano construyen sus cabañas de caza, esparcidas por la inmensidad de la taiga, tallan en madera sus esquís y sus canoas, y preparan las trampas tan ancestrales como sofisticadas. Durante todo el invierno vuelven a recorrer el mismo bosque cazando y recogiendo las presas capturadas. También hay secuencias que retratan a la población nativa de la zona, de la que quedan pocos representantes, y a otros habitantes del pueblo. 

“Happy people” es un documental de corte muy clásico, y en realidad lo mejor que tiene es su propio material de partida. No por ello dejamos de reconocer la ardua labor de Vasyukov y su equipo filmando a 50 grados bajo cero, pero son la taiga siberiana con sus interminables bosques, el espectacular deshielo del Yeniséi, el palpable sabor a exótico pero visiblemente auténtico de la Rusia más primitiva y rural que nos traslada completamente a otra época… lo que de por sí deslumbra al espectador. En otras palabras, es difícil, incluso sin arriesgar demasiado, no hacer un buen documental sobre un lugar tan maravilloso y virgen como el corazón de Siberia.


 



Puntuación: 3,5 / 5

Lo mejor: parece mentira que un documental sobre indígenas y naturaleza, algo que suena tan vulgar, pueda ser tan entretenido y agradable de contemplar.

Lo peor: no he visto el montaje original (que ahora sí está disponible en versión rusa), pero posiblemente el de Werner Herzog es más sintetizado y muy redondo. Sin embargo, considero un terrible desacierto doblar las voces de los personajes al inglés, al estilo de los reportajes de TV. Si casi siempre en cine es preferible la versión original subtitulada, aún más en un documental donde la veracidad y el realismo que ha de transmitir son todavía mayores. Asimismo, me parece que la voz del narrador (Herzog, aunque no sé si es una mera traducción de la original de Vasyukov o si añade texto propio) es en algunos momentos sobreexplicativa e innecesaria.

30 de marzo de 2012

Elena (Andrei Zvyagintsev)

[Elena, 2011, Andrei Zvyagintsev]

Como persona conocedora y sumamente interesada en la Rusia actual, llevo mucho tiempo esperando la película perfecta que enseñe cómo es esta apasionante parte del mundo. De entrada, a la mayoría de filmes rusos es bastante difícil acceder, y tienen una distribución limitadísima. Pero por otro lado, demasiados cineastas, incluso los premiados en festivales, tienen una reiterativa tendencia (no siempre en cuanto a formas, pero definitivamente sí en cuanto a fondo) al melodrama barato, afectado y sensiblero. Directores de moda como Aleksei Popogrebsky (ganador del Oso de Plata en Berlín con “Cómo he pasado este verano” [Kak ya provyol etim letom]) o Aleksei Balabanov hacen películas teatreras, exageradas y tremendistas, y con un punto de efectismo gracias al que consiguen venderse bien. Andrei Zvyagintsev, pese a sus esfuerzos y a estar un poco por encima, tampoco consigue escapar del pantano cinematográfico ruso. “El retorno” [Vozvraschenie](2003), su aclamado debut y ganador de varios premios (como el León de Oro en Venecia, el Nika y el Águila de Oro – los principales premios rusos – a mejor película), sedujo a un gran sector de público y crítica y seguramente lo convirtió en el director ruso más comercial desde Nikita Mijalkov. Reapareció tres años después con “El destierro” [Izgnanie], que pasó más desapercibida, y ahora en Polonia y tres o cuatro países más se estrena su tercera obra.

Elena es una mujer madura casada con Vladímir, un hombre muy rico e insensible, con el que vive en una casa espectacular. A ella no le falta nada, pero su hijo de una relación previa, Sergei, está en una precaria situación económica, con esposa, un hijo adolescente y un bebé. Regularmente Elena va a visitarlos a su piso, en uno de los miles de bloques que se extienden por las quilométricas afueras de Moscú, y les da dinero desafiando la ira de su marido, que los desprecia. Vladímir tiene también una hija, Katia, con la que no se habla, pero cuando comienza a padecer seriamente de la salud, planea hacer testamento y dejárselo prácticamente todo a ella.

En “Elena”, como en las anteriores películas de Zvyagintsev y como tanto les gusta a los rusos, hay fundamentalmente relaciones familiares tormentosas. Padres que no se hablan con sus hijas, mujeres casadas en segundas nupcias con hombre millonarios y familias pobres con maridos vagos e inútiles, esposas sufridoras e hijos adolescentes que se meten en peleas callejeras. Aquí la película hace aguas y en buena parte vuelve a ser, una vez más, artificial y culebronesca. En particular, la escena entre Vladímir y Katia, digna de la telenovela más mediocre, con unas actuaciones muy pobres (especialmente la de ella) y unos diálogos planos. Nadezhda Markina como Elena, en un papel de protagonista claramente concebido para ser el centro del filme, está notablemente mejor, pero todas sus escenas con Vladímir y en general todas las que tienen lugar en la casa y en los ambientes acomodados del matrimonio tienen un aire bastante impostado. En este sentido no ayuda la fotografía, esta fotografía tan típica que tanto se usa ahora, limpia, brillante, fría, en tonos azulados, pero muerta, aburrida, demasiado perfecta.

Pero si “Elena” es la mejor película de Zvyagintsev es por el contenido social, más bien referencias, que incorpora sin aspavientos y en la medida justa. Las mejores secuencias de la película, justo en las que suenan los compases de la poderosa banda sonora (a cargo de Philip Glass), son aquellas en las que Elena se adentra en los suburbios moscovitas, primero en tranvía, luego en tren, luego a pie por los descampados (contrapuestas a la secuencia de Vladímir yendo al gimnasio en su Audi). Es una verdadera lástima que no se detenga más en mostrar este ambiente tan real y tan actual, tan naturalmente ruso; y que en cambio se recree en tantos planos fijos del vacuo chalé de Vladímir. También los personajes de Sergei y su familia son los más auténticos, a años luz de Katia, y exponen situaciones, preocupaciones y problemas verdaderos. El otro aspecto positivo de la película es que logra ir un poco más allá del dramatismo puramente sentimentalista y consigue otorgar algo más de profundidad y sobriedad a algunos personajes. Particularmente, Elena y su nuera, que encarnan con gran acierto a mujeres silenciosas, sufridoras, despreciadas, pero para quienes sus hijos lo significan todo.

“Elena” es el más reflexivo y maduro de los filmes de Zvyagintsev, a cuyos seguidores seguro que gustará, pero sigue siendo una de esas películas de plástico, hechas demasiado cerebralmente y menos con el estómago y las vísceras, algo de lo que necesita profundamente el cine rusо.

Puntuación: 3 / 5

24 de marzo de 2012

Fausto (Aleksandr Sokurov)

[Faust, 2011, Aleksandr Sokurov]

Hitler, Lenin y el emperador Hiro-Hito fueron los personajes centrales de tres películas de Aleksandr Sokurov (“Moloj", “Taurus" y “El Sol”, quizá las más conocidas por el público junto con "El arca rusa”, su particular revisión de la historia de su país en un único plano secuencia). Ya resultaba ambicioso realizar un filme acerca de estas figuras, tan controvertidas como complejas, y basarse en una de las mayores obras de la literatura universal para cerrar una tetralogía sobre la naturaleza del poder dice mucho de la ambiciosa personalidad de Sokurov, uno de los cineastas más únicos e inimitables del panorama actual.

Bella y poética en sus imágenes, espléndidas, encierra sin embargo fealdad y oscuridad bajo ellas. El Diablo, naturalmente, es el primer exponente de esa vileza y suciedad. A diferencia de otras adaptaciones en que se lo caracteriza como un noble apuesto, aquí es un viejo prestamista grotesco y repugnante. La muerte como símbolo de lo más doloroso y fatigoso a lo que se enfrenta el ser humano está presente a lo largo de todo el film, desde la magnífica secuencia inicial en que la cámara desciende de los cielos hasta la miserable ciudad terrenal donde acaba encuadrando a un cadáver en descomposición que el doctor Fausto disecciona. En el otro extremo está Margarita, una criatura angelical, de cuento de hadas, encarnando la inocencia y la pureza.

En un inusual formato 1:37, “Fausto" está adornada por una estupenda dirección de arte y una fotografía mágica, de acuarela. Inspirado en paisajistas ingleses y alemanes, Sokurov realiza una minuciosa y realista reconstrucción histórica de una villa alemana de principios del siglo XIX. El cineasta ruso sigue evidenciando la estrecha conexión que tiene su cine con la pintura; sin embargo, esta película tiene menos poética y estética que otras de Sokurov, y mucha más narrativa y diálogo. "Fausto", flamante ganadora del último León de Oro, es una película delirante, grandilocuente, atrevida. Y por cierto, de las más entretenidas, incluso divertidas, de su director (aunque parezca un oxímoron), y de las más fáciles de ver, sin abandonar la profunda carga espiritual y en análisis de la esencia humana que son habituales en él.

Puntuación: 4 / 5

Lo mejor: una película fantástica para quien todavía le tenga miedo a Sokurov.

Lo peor: en algunos momentos se pierde y divaga demasiado.